Y como una escena repetida y casi calcada de sueños
anteriores te sentí derrumbándote ante mí, con esa piel suave y las manos
pequeñas. Despertar y ver el mundo desde afuera, como las miserias humanas destruyen
a las personas, las paredes destruidas dejando un espacio para ver las
degradadas relaciones familiares, el individualismo mortal en cada espacio, las
lágrimas de niños ausentes de los sentimientos más necesarios en la tierna infancia,
materiales y emocionales.
Y lo más cruel pero entendible desde nuestra mirada, como
ingresan por nuestros poros esas degradaciones.
Otra vez te vi, pero más que verte te sentí como mi aliada pidiendo respiro, estallando
con los árboles en otoño desparramando hojas tuyas por todos lados, como nunca
se te ve, con mirada débil y temblorosa.
Uno tiende a refugiarse en lo conocido y preservar su
corazón, en un camino difícil que a veces nos deja en el aire, pero vuelve, y
vuelve fortalecido, con algunas certezas y nuevas dudas, esta vez más grandes.
Caminamos juntos un largo rato, sin hablar, solo veíamos una
ciudad en ruina, casas destruidas que se dejaban ver, como una casa de muñecas
con su pared faltante. Esta vez no salvamos un mundo maravilloso, porque este
mundo no es maravilloso así como es, pero sentíamos la responsabilidad de
cambiarlo, de destruir esas relaciones utilitarias económica y sentimentalmente
y transformar de raíz todo, aunque esta vez con más dudas y después de
transitar un tiempo separado nos volvíamos a encontrar.
Te sentí extraña pero conectada, sentí ese abrazo como algo más que eso, como algo
más que una necesidad, como una interpelación a cambiar y demostrar otra cosa.
Y nos volvimos a dormir, y nos volvimos a despertar
juntos, con esa intensidad y presión en
el pecho al hacer el amor con la persona amada, pero nosotros no hacíamos el
amor ni se nos cruzaba por la cabeza, ese sentimiento de pasión por lo humano
se puede sentir de distintas maneras e intensidades, nos despertamos con marcas en la piel, y volvimos a caminar,
esta vez ya no eran casas, era un largo camino de tierra que era desbordado por
un intenso césped verde que se movía con el viento, suave como nosotros allí.
Y por tercera vez me volví a despertar, esta vez solo,
aunque debo confesar que te busque a mi lado, desperté confundido y golpeado,
pero con una paz y un sentimiento que no puedo explicar, me sentí interpelado,
recordé que me dormí por el cansancio, la intensidad del día laboral y esa
máquina que suena en mi cabeza consumiéndome valiosos momentos. Pero ese día no
me desperté igual a otros…
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